Abuelos que son parte de la familia


Historias de vida de hogares compuestos por tres generaciones en las que rescatan la alegría, la experiencia y la mejora del clima que aportan los adultos mayores

Por Teodelina Basavilbaso | LA NACION
Sábado 07 de enero de 2012

“No me imagino viviendo sin mis abuelos”, admite Mariano Preite, de 18 años, que vive en Lomas de Zamora junto con su familia núcleo y sus abuelos, Andrés e Isolina, desde que nació. Mariano, al igual que otros adolescentes entrevistados que crecieron junto a esta generación, cuentan su experiencia y destacan que los ancianos suelen estar más atentos a los detalles que a veces pasan inadvertidos en el trajín cotidiano y son fuente de grandes alegrías y aprendizajes en sus vidas.

Si bien la decisión de vivir bajo el mismo techo es recíproca, entre abuelos y el resto de la familia, en muchos casos se encuentra influenciada por dificultades económicas de alguna de las dos partes para vivir de forma autónoma. Las cifras oficiales demuestran que hay un incremento en la longevidad de la vida -en los últimos veinte años aumentó casi cuatro años la expectativa de vida, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec)- y la opción de envejecer junto con los seres queridos es tentadora para muchos. Afortunadamente, sólo el 3% de los ancianos vive en instituciones colectivas como hogares de ancianos, geriátricos u hospitales.

Según el censo de 2010, el 10% de la población supera los 65 años y la ciudad de Buenos Aires es el distrito con mayor cantidad de habitantes pertenecientes a ese grupo, con un 16,4 por ciento. Además, en el país ya hay alrededor de 100.000 adultos con más de 80 años, muchos de los cuales no pueden vivir de forma autónoma.

Más allá de las razones que impulsaron la convivencia con los abuelos, los nietos son sin dudas los que más valoran la presencia de los abuelos en la casa, por eso se llenan de palabras cariñosas hacia ellos y los consideran parte de su familia núcleo.

Mariano Preite cuenta que al principio sus abuelos vinieron a vivir con ellos para cuidarlo a él y a su hermana cuando eran pequeños, pero luego, cuando ellos crecieron, decidieron quedarse por elección. “El hecho de que mis abuelos hayan venido a vivir con nosotros acentúo el clima familiar y la unión en casa. Por ejemplo, el tema de la cena familiar por la noche es algo que se respeta muchísimo. Comemos a las 9.30 en punto, y cinco minutos antes mis abuelos ya empiezan a llamar a todos a la mesa”, expresa Preite.

Andrés Preite, el abuelo, se levanta a las seis de la mañana y recorre el barrio en bicicleta. En uno de esos paseos consiguió el corazón de vaca que le solicitó de un día para otro su nieta Lucila para la clase de biología. Mariano describe a su abuelo como el emblema de la familia, pero además como una persona solidaria. “Yo quiero aprender de él, ayudar al prójimo y a los vecinos.”

Gabriela Zabreski, directora de la Maestría de Psicogerontología de la Universidad de Maimónides, cree que el rol del abuelo en la familia es muy importante, ya que suele ser el representante de la historia familiar, el transmisor de la genealogía y el relator de los clásicos cuentos de otra época. Zabreski agrega: “Para el nieto la figura del anciano puede ser un ejemplo anticipado de lo que es el trayecto de vida, y cómo uno puede atravesar los años, fuera del prejuicio de la percepción de la vejez como una caída”.

Los abuelos, por su parte, también se ven beneficiados en esta convivencia: valoran la protección, la compañía de afectos y hasta incluso aseguran tener una mejor calidad de vida al sentirse más jóvenes. “La vejez puede ser un momento gratificante. Ellos pueden admirar en sus nietos el interés del capital invertido y el resultado de las enseñanzas de sus hijos. Todo el afecto de la familia hacia el abuelo lo va a nutrir, ya que el anciano va a sentir que valió la pena todo lo que hizo y esto renueva el sentido de su vida”, dice Zabreski.

Estampa italiana

Como una fiel estampa italiana, Agustín Tomaselli, de 89 años, dice: “Lo primero es la familia”. El vive con su hija y cuatro nietos en una casa grande de Flores. Llegó desde Enna, Italia, en 1924. Para este señor las pastas en familia los domingos son sagradas. Eso sí, solamente le gusta el tuco que prepara Daniel, su nieto con síndrome de Prader-Willi, una enfermedad genética.

Tomaselli tiene delante de sus arrugas unos anteojos cuadrados grandes con los cuales escruta atentamente las manualidades que realiza con sus manos: relojes con palitos de helado, floreros, además de carpintería y tapicería.

Su nieto de 14 años, Emanuel Hojenberg, aprende mucho de él, y dice que disfruta de levantarse temprano para tomar mates con su abuelo y charlar de cosas entre nietos y abuelos. “Mi recuerdo más feliz con él es el viaje a Mar del Plata que hicimos. Alquilamos un auto, y en el asiento de atrás íbamos mi abuelo y yo. Por la ventana pasaban el cielo y el mar. Y hablábamos de cosas que eran para nosotros, sólo para nosotros, y nadie más”, cuenta Emanuel.

También valora vivir con el abuelo, Susana Tomaselli, su hija. “Yo estoy más en el día a día, cuidando a los tres chicos. En cambio, él es más positivo, mira la vida desde otro lugar. Cuando estamos en crisis, él no pierde el control, me dice que va a estar todo bien y vamos a salir adelante”, cuenta Susana.

En esta misma línea, Zabreski afirma: “El hecho de tener más tiempo libre le permite al abuelo estar distanciado de la conflictividad cotidiana y libre de otros problemas como el sostén de la casa. En este sentido, el abuelo brinda una visión más panorámica de lo que la familia puede estar necesitando”.

Hijos más cariñosos

María Pía Coscarelli es otra madre que eligió que sus hijos crecieran junto con su abuela en su hogar en el barrio de Caballito. Allí viven la abuela, Pía; su marido, sus tres hijos y un perro Golden Retriever. “Antes ella vivía en un departamento en Mar del Plata, y la verdad es que la extrañaba un montón. Es una muy buena compañía y me ayuda con el cuidado de los chicos y la cocina, ya que mi marido y yo trabajamos hasta tarde”, dice María Pía, convencida de que los chicos que crecen junto con sus abuelos son más cariñosos y dulces.

Al parecer, es un beneficio para ambas partes, ya que Graciela, la abuela de 74 años, destaca la calidad de vida que brinda vivir acompañada y entre los afectos: “Me dicen que no corresponde para mi edad, pero ayudar en la casa a mí me mantiene joven y me encanta”.

Sin embargo, hay muchos casos en los que los abuelos tienen problemas de salud que requieren cuidados y atenciones familiares. Según el estudio de ENDI 2002-2003, casi el 30% de las personas de más de 65 años tiene algún tipo de discapacidad. La dependencia en el otro aumenta a medida que avanza la edad, ya que el 38% de las personas mayores de 75 años necesitan ayuda para salir de su casa, y el 27% para lavarse y cuidar su aspecto personal.

Como un cuidado alternativo a la internación, la Fundación Navarro Viola y la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) crearon el programa Cuidadores Informales, una iniciativa destinada a apoyar la tarea que realizan familiares y amigos que tienen a su cuidado un adulto mayor con distintos grados de dependencia. “Nuestra intención con el curso es anticiparnos a este tipo de situaciones para que puedan desarrollarse de la mejor manera posible”, explica Norberto Padilla, presidente de la Fundación Navarro Viola.

José Moreno, de 81 años, tiene una mirada a la deriva y camina sobre cinco piernas, ya que su bastón de tres puntos de apoyo lo ayuda a conseguir estabilidad a pesar de la artrosis y su dolor de rodillas. Por un juicio laboral perdió casi todo, aunque conservó quizá lo más importante, el cariño de su hija y su nieto universitario y estudioso. Viven los tres juntos en un hotel familiar de un solo ambiente en Flores. “Compartimos lo poco que tenemos”, dice Liliana Moreno, su hija.

José es el gran mimado de la casa. Su hija, que trabaja como empleada doméstica, cuenta que le encanta verlo elegante y pulcro y por eso se encarga de plancharle con dedicación sus camisas y le recomienda tomar la medicación y lo acompaña al médico. Su nieto adolescente, por otro lado, le repite: “Si vos la pasás bien abuelo, yo estoy contento”.

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