“La danza está unida a todo lo que somos como personas”

A LOS 90 AÑOS, MARIA FUX CONTINUA CON SU

Figura legendaria de la danza argentina, creó un método basado en la improvisación para que personas mayores o con capacidades diferentes puedan expresarse a través del baile. En febrero dará el primero de sus cuatro seminarios intensivos anuales.

Por Ana Asseo de Choch
Página 12
14-1-2012

Cuando María Fux comenzó con la danza, sintió que el clásico no la representaba del todo: “Fue hecho hace trescientos años y ya no vivimos en palacios”, dice. A los 13, leyendo la autobiografía de Isadora Duncan, percibió instantáneamente esa magia que siempre, y en especial en los dorados años ’30, llevaba implícita la palabra “bailarina”. Y supo que quería ser una. Descendiente de inmigrantes rusos, en sus orígenes en Liniers su madre le daba los veinte centavos para el tranvía a Retiro y una amiga le pagó su primer año de clases, sin que su padre se enterara.

Un día observó una hoja cayendo de un árbol, “jugando” con el viento con una belleza sorprendente. Entonces, inventó una coreografía inspirada en ese grácil movimiento. Al intentar infructuosamente dar con la música soñada que buscaba para acompañar su obra, se dio cuenta de que, en realidad, la hoja danzando en el aire no había necesitado de música alguna: La última hoja fue su primera obra de danza sin música. Cuando fue a Nueva York, en un viaje en barco que duró un mes, corrió al estudio de la bailarina Martha Graham a pedirle que fuese su maestra. Luego de verla bailar, Graham fue breve y concisa: “No tengo nada que enseñarte; está todo adentro de vos. Volvé a tu país y enseñá lo que no te han enseñado”.

¿Enseñarle musicalidad a un sordo? ¿Hacer bailar a alguien en silla de ruedas? ¿Personas de 85 años improvisando volteretas? Por qué no. María Fux fue siempre inquieta, y no es precisamente amiga de la palabra “límites”. Sin preguntarle a nadie su nombre, su edad o su condición física, Fux –hoy Ciudadana Ilustre de Buenos Aires– recibe para bailar a todo aquel que se acerque a su estudio. También hay escuelas con su nombre en el interior del país y en Florencia, Milán, Trieste, Zaragoza y Madrid.

La danza es un lenguaje registrado desde la edad de las cavernas. Mucho antes de las técnicas y de las instituciones, que acaso la hayan limitado al ámbito de la profesionalización. Pero la danza, pura y espontánea, es una auténtica forma de expresión, sin regulaciones y al alcance de todos, que permite conectarse con uno mismo y con los demás, abriendo puertas y acercando, por qué no, al hombre a lo divino. No por nada dijo Nietzsche: “Sólo creería en un Dios que supiese bailar”.

–Usted empezó su formación estudiando danza clásica.

–Comencé cuando tenía 14 años con Ekaterina de Galanta, en la formación clásica, con la que estuve trabajando diez años. Pero siempre improvisaba. Siempre sentía algo; no sabía qué, pero sentía que lo clásico no era lo que yo quería hacer. Improvisaba en los cumpleaños de mi familia: en vez de servirme torta pedía que me sacaran la mesa, que pusiéramos música clásica y que me dejaran danzar. Llevaban música y yo la danzaba. Era la danza de los cumpleaños; para eso me llamaban.

–Lograr la aceptación de su padre respecto de su afición por la danza no fue sencillo.

–Cuando mi padre me vio finalmente actuar en el Teatro Colón, me pidió disculpas por no haberme escuchado. Y tuve muy buena comunicación con él y con mi amada madre. El recuerdo de ellos es permanente.

–Luego vinieron asociaciones artísticas muy intensas con músicos, escritores, poetas y plásticos. ¿Qué recuerda de la experiencia de rodar Génesis del Chaco (Simón Feldman, 1959)?

–Tiene que ver con la historia del comienzo del tiempo. Lo que me inspiró fue la poesía de Alfredo Veiravé. Yo no quiero representar; quiero dar lo que la imagen me da a mí como movimiento. Lo que quise hacer es lo que ya ha sido hecho. Son, simplemente, pasos a través del tiempo.

–¿Qué bailarinas la inspiraron durante su primera formación?

–Muchísimas; mis formadoras, Isadora Duncan, Josephine Baker… Las que conocí y sobre las que leí. Me interesa mucho la gente que se expresa bailando y ni qué hablar, la fusión. Y las danzas primitivas. Estudié candomblé, en Brasil. Me interesa que la gente se comunique libremente como es. A través del movimiento descubrimos realmente quiénes somos como personas.

–¿Cómo recuerda la experiencia de bailar en la película Gillespiana (Enrique Dawi, 1961), junto al Quinteto Dizzy Gillespie?

–Fue maravilloso; tuve muy buena comunicación con Gillespie. Y, además, cuando Gillespie vino a la Argentina me dijo que la música de Lalo Schifrin parecía inspirada en mi propio movimiento. Esto me dio una enorme alegría, pero al mismo tiempo mucha responsabilidad, porque amo mucho el jazz. Amo mucho la música, el color, el silencio. Amo mucho la amistad. Amo mucho la vida.

–¿Cómo surgió el concepto “danzaterapia”?

–La danzaterapia comenzó al darme cuenta de cómo podía comunicarme con una nena sorda que tenía una amiga. Era también un lenguaje que surgía de los espectáculos que hacía. En los espectáculos, yo iba escribiendo un lenguaje propio para comunicarme. En vez de dejarlo de un espectáculo para otro espectáculo, al día siguiente, si tenía clases, daba ese material a la gente que se acercaba a trabajar conmigo. De esa manera, adquirí un lenguaje de comunicación a través de la danza que no era lo tradicional. Eso me ayudó a comprender que los límites se pueden trabajar también en el movimiento. Y que eso puede ayudar muchísimo a encontrar alegría a la hora de comunicarse. Comencé con la danzaterapia hace más de 40 años.

–¿Alguien le dijo “lo que hacés es danzaterapia”?

–Había una psicóloga amiga que venía a ver las clases, y me dijo: “María, lo que estás haciendo es danzaterapia”. Desde allí surgió esa palabra, hace ya largos años.

–El método María Fux es un recurso ya incorporado en estudios de danza, tanto en la educación de personas con capacidades diferentes como en el trabajo con personas mayores, y en la danza en general.

–Desde una mirada resignada, a muchas de estas personas no se las piensa bailando o creando; más bien, se las asocia con la postración o el abandono. Es formidable lo que esas personas pueden hacer por ellas mismas. Eso se fue haciendo a través del tiempo. Hay un tiempo de afuera y hay uno de adentro. Vos sabés, en el presente, que estás realizando cosas, pero nunca sabés si eso va a trascender a través de la vida. El tiempo es el gran maestro. La gente hace seminarios de formación acá en el estudio; tengo gente de 40, 45 años ya, que está enriquecida a través de la creación que ellos pueden hacer brindando este método de movimiento a los demás. El dar lo que uno hace, sabe y aprende a través del movimiento logra un encuentro de mucha comunicación con la gente. Se logran cosas realmente maravillosa sintiendo lo que se hace, pensando lo que se hace y dejando hacer.

–A través de su trabajo se descubre una relación, no tan difundida, entre la danza y la plástica: el movimiento en lo visual.

–Hace dos años en el Centro Cultural de la Cooperación hice un espectáculo, La imagen danza. Para mí, ha sido siempre muy formativo el estar en contacto con la pintura. Justamente, trabajando con gente sorda, sabemos que no tiene la posibilidad auditiva de lo que es un ritmo, tanto del movimiento musical como del color y la forma, de los cuadros, o de lo que se ve en la vida en general. La pintura, entonces, ayuda a comunicarse con el sordo, mirando los ritmos que también hay por fuera del cuerpo y no sólo a través del sonido.

–La improvisación es eje central del método.

–No sólo yo la impulso. Todos lo hacemos; cada clase termina con una improvisación. Hay un espacio vacío que nosotros tenemos que poblar con movimiento, como el lienzo en la pintura. Cada uno tiene su forma; hay gente que no crea sus propias danzas, sino que toma las coreografías de otros. Y también hay quienes llevan adelante sus ideas. Eso no es lo importante. Pero siempre he sentido la necesidad de moverme de la forma en la que me siento como persona.

–También aparece, dentro de la danza, un argumento verbal que conecta al bailarín con el espectador.

–Hace tiempo hice un espectáculo para chicos con un preludio de Chopin y se jugaba con la idea de que una gotita de lluvia tiene ritmo y que, incluso, puede sentirse y tomarse antes de que se disuelva, etcétera. Pero el universo de la creación no es sólo el universo de ir a un escenario: es danzar cada mañana, cada uno, con lo que uno mismo lleva en su cuerpo.

–¿Cuál es el mayor aporte que dan como alumnos los chicos con síndrome de Down?

–La ternura. Ellos sí se entregan y lo hacen con amor. En mi libro Imágenes que danzan (Lumen) hablo de “mis” chicos, los que vienen al estudio. Y cuentan cómo viven la danza.

–¿Cuánto tiempo lleva formarse en este método, para alguien sin conocimiento previo?

–La formación dura tres años, tanto acá como en Europa. Estuve treinta años trabajando en Italia, donde me hicieron una hermosa despedida al retirarme. Hace una semana cumplí 90 años. Es decir que mi primer espectáculo, a los 20, fue hace 70 años. Se lo dediqué a Galanta, que fue mi maestra de clásico. Después, estudié con Martha Graham, conseguí una beca, y demás. Trabajé en Aerolíneas Argentinas, haciendo fotocopias, para poder subsistir.

–¿Cómo cree que se maneja la sociedad frente a la tercera y cuarta edad?

–¡Y la quinta…! Hay una locura por tener siempre la cintura pequeña, los pechos bien ubicados, hay quienes se hacen liftings, etcétera. La gente tiene miedo al descubrir el envejecimiento del cuerpo, del rostro, las arrugas. Pero esa es una parte de la forma en la que somos. Hay otra más importante, que es el hecho de poder leer, de poder hacer una sopa para la gente querida, de tocar esta mesa, de charlar, de poder cuidar las plantas. Aceptar el paso del tiempo, pero también aceptando lo que el tiempo tiene para enriquecernos: lentamente vamos adquiriendo un cierto conocimiento. Si nos colocan un yeso, o debemos usar silla de ruedas, nos damos cuenta de que, si bien algunas personas ayudan, muchos ignoran, o evitan percibir la necesidad ajena. La sociedad está formada por mucha gente y por distintos tipos de políticas. Hace como treinta años que hablo del tema de las rampas. Cuando me rompí la rótula, debí viajar a Europa en silla de ruedas y me di cuenta de lo que es estar sentada, dependiendo de otros. Pero agradecí la posibilidad que me dio esa silla de ruedas para comprender la cantidad de cosas que hay que hacer, como sociedad, para que esa gente pueda estar mejor. Siempre hay una parte del cuerpo que se mueve; sólo hay que tratar de estimularla. Trato de impulsar que esas partes del cuerpo se muevan, que se pierda el miedo de ir al encuentro de lo que no se conoce. Intento dejar de lado el temor a hacer.

–El trabajo con chicos con capacidades diferentes se dio desde muy temprana su actividad docente.

–Una amiga mía tenía a esta criatura, sorda. Yo estaba haciendo espectáculos en La Casa del Hogar Obrero, en la calle Rivadavia. En la terraza, la municipalidad me había organizado un escenario, sin paredón alguno, en un piso altísimo. Allí, mostraba las coreografías que yo había creado. Y había una nena que gritaba todo el tiempo. Me pareció extrañísimo, porque, en general, cuando los chicos ven movimiento, se quedan tranquilos. Al irme, cuando viajé en el ascensor, me encontré con la mamá y esta criatura, que se llama Leticia, y le dije a la mamá que, quizá, si me la traía a mi casa podría encontrarle un lenguaje para que estuviera más contenta. Personalmente, yo no enseño nada: entrego lo que soy como persona, lo que he adquirido, lo que sigo adquiriendo y la búsqueda permanente del movimiento. El estudio nunca estuvo cerrado. A los lugares de trabajo venía gente con diferentes posibilidades. Y utilizo lo que se denomina integración: significa que vos no sos diferente a mí. No sé tu nombre, ni de dónde venís, pero el movimiento nos va a ayudar a comunicarnos. Esa es la forma de ir al encuentro del otro, no solamente hace largos años, incluso en el propio presente.

–¿Cree que los chicos con síndrome de Down y demás tipos de dificultades cognitivas o motoras deberían estar regularizados definitivamente dentro de la educación media?

–Indudablemente que sí. Pienso que se van cambiando los modelos de educación. Todo cambia, las cosas no son estáticas. La educación no es estática y los cambios que ocurren en el mundo tienden a ayudar, a integrar a esta gente. No con la velocidad que uno pretendería, claro. Pero lo importante es formar gente que sea capaz de hacerlo.

–¿Cómo se enfrenta un modelo de cultura superficial?

–Haciendo cada día lo que podemos hacer por uno. Y pensando en todos nosotros.

–Usted nació en 1922. ¿Cuáles de los impactantes cambios que vivió recuerda más?

–El fin de la Segunda Guerra Mundial, en el ’45. Fue inolvidable, algo grandísimo, relacionado con mi deseo de un mundo de paz. Y los cambios que el hombre produce a través del conocimiento también son impactantes, a través de las posibilidades de la ciencia, la educación, la tecnología, el arte… Los cambios que existen son precisamente por el movimiento. Estos cambios están unidos entre sí y son porque el hombre no queda inmóvil. Unicamente el movimiento es creación.

–¿Qué aspectos de la infancia no dejaría nunca de lado?

–La plaza donde jugaba; nunca la olvido. Lástima que esto se pierde; los padres hoy tienen miedo de dejar solos a los chicos. La capacidad de sorprenderse es también importante, y no es algo que suceda solamente cuando una es chica o joven. Haber colocado estas flores en la mesa fue sorprendente. Con sólo verlas, me sorprenden su originalidad, su belleza imponentes. Todo lo que me rodea me interesa.

–¿Qué proyectos abraza?

–Mis proyectos son los que se presentan. Los que la vida me va dando. Para mí es muy importante estar viva y tener cosas para hacer. Pero lo más importante es saber que mi hijo, mi nieta, mis bisnietos y mis alumnos están cerca. Recibo muchísimo de ellos. Cada día, después de desayunar, entro en la sala y danzo. Tres veces por semana doy clases en el estudio. Son intensas. La gente viene a observar. Unos se quedan, otros se van. El 11 y 12 de febrero daré el primero de mis cuatro seminarios intensivos anuales, de 9 horas por día, con grupos de gente proveniente de todos lados. Esto, a su vez, se recrea cada dos meses a través de los grupos que vienen de afuera, sumados a la gente que trabaja dos o tres veces por semana en mi estudio. El investigar es permanente; es movimiento. Pero la danza no sólo tiene relación con la cabeza: está unida a todo lo que somos como personas.

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