Historia de una pasión

Tradicionalmente, las culturas orientales han rescatado y exaltado los valores ligados a la ancianidad como fuente de sabiduría milenaria, promoviendo la integración y el respeto por los mayores. Como en tantos otros planos, la educación juega un papel preponderante a la hora de acercar las dos puntas de la vida y el valor del ejemplo resulta insustituible para inculcar a los jóvenes valores fundamentales a la hora de forjar sus destinos.

Editorial de La Nación
Domingo 27 de noviembre de 2011

Días pasados, a instancias de un grupo de senadoras encabezadas por María Eugenia Estenssoro, se rindió homenaje a la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig, a quien se le entregó la Medalla Conmemorativa del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que concede el Senado de la Nación a personalidades distinguidas de la Argentina. A lo largo de sus 101 años, muchos fueron los reconocimientos que recibió, entre ellos, el prestigioso Premio Hipócrates, en 1999, que otorga la Academia Nacional de Medicina.

La vida de la doctora Lustig, apasionada investigadora, ha estado signada por una sólida vocación. Nacida en Italia, fue de las primeras mujeres en recibirse de médica en su país. Perseguida por las leyes raciales de Mussolini, debió huir con su familia y arribó a la Argentina en 1939, sin que sus estudios le fueran reconocidos.

A partir de sus visitas a la biblioteca de la Facultad de Medicina, se conectó con la cátedra de Histología y ofreció sus conocimientos sobre el cultivo de células vivas, que había aprendido de una colega alemana. Cuando estalló la epidemia de polio, la Organización Mundial de la Salud la envió a los Estados Unidos a interiorizarse sobre el trabajo del profesor Jonas Salk. A su regreso, convencida de la efectividad de la vacuna que conoció, se inoculó en público e hizo lo mismo con sus hijos a fin de convencer a la población de sus beneficios.

Investigadora del Conicet y jefa de Virología del Instituto Malbrán, dedicó más de 40 años al estudio de las células tumorales en el Instituto Angel Roffo. Hasta pasados los 80 años, trabajó en el laboratorio y fue la ceguera la que le impidió continuar utilizando el microscopio.

Madre de tres hijos, su vida es la historia de una pasión. Celebramos la distinción con la que el Senado la honró y hacemos votos porque las jóvenes generaciones rescaten el ejemplo de esta pionera que desafió con valentía los paradigmas de su época..

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