De abuelos y cuentos fabulosos

“Todo” es una palabra que rima naturalmente con la “abuelidad”, por generosidad y por exceso. Es que los padres de todas las épocas nacimos ocupados, mientras que los abuelos tienen siempre sed de aventuras.

POR RAQUEL GARZON
Revista Eñe
22/11/11/

Un domingo en casa de mis abuelos mi padre nos fotografió a mis hermanos y a mí a repetición, de la sala al patio, donde por entonces había rosales. Entre toma y toma, me clavé una espina en un dedo con el escándalo del caso y mi abuela –cuya coquetería la llevó años después a retirarse de la vida pública una década antes de morir “para no dar pena”– se pasó, olvidada de sí, no menos de seis fotos casi de caderas a la lente, tratando de quitarla de mi pulgar. Creo que son sus únicas fotos no posadas y las pocas en las cuales usa anteojos.

Le debo este recuerdo a un libro fantástico: El zoo de Joaquín, de Pablo Bernasconi, reeditado por La brujita de papel. Poco antes de comenzar la historia del chiquilín del título, que un día decide inventar diez animales fabulosos con cachivaches de entrecasa –un rollito de virulana, un rallador de queso, un plumero, tapas de ollas y lindezas de esa estirpe–, Bernasconi dedica el cuento y sus maravillosos dibujos con la frase que, intuimos, le regalaba a él la destinataria: “Para mi abuela Sara. Llevátelo todo”. Fue esa declaración de amor, lo que me catapultó en primera de regreso a un capítulo fundante de la infancia. “Todo” es una palabra que rima naturalmente con la “abuelidad”, por generosidad y por exceso. Lo comprueban mis hijos cuando consiguen de los suyos, despliegues espléndidos de tiempo y de tesoros, vedados a la generación anterior. Y es que los padres de todas las épocas nacimos ocupados, mientras que los abuelos tienen siempre sed de aventuras.

De las historias increíbles que la mía me contaba, guardo una que había heredado de su madre limeña. A mediados del siglo XVII, decía, hubo un terremoto en la capital del Perú que arrasó la ciudad, dejando en pie sólo la imagen de un Cristo que aún hoy auspicia procesiones: el Señor de los Milagros, pintado por un esclavo en una pared de adobe. De mi primer viaje a Lima volví con una estampita de esa imagen en el bolsillo. La conservo como homenaje. Es infalible, aseguran, contra espinas rebeldes.

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Zoo-Joaquin-Pablo-Bernasconi-abuelos_0_593940606.html