Flavia, la bisabuela de 80 años que cose para ayudar a los más pobres

Hace 10 años que es voluntaria en una fundación. Con su ropa juntan fondos para un comedor.

Por MARÍA ARCE
Clarín
9/10/11

A los 10 años le rogó a su mamá que la llevara a aprender a coser. Con lágrimas en los ojos, Flavia Inocenti prometió sacrificarse para aprender el oficio. Y lo hizo. Vivía en el campo, cerca de Rosario, y caminaba 30 cuadras de ida y otras tantas de vuelta para desentrañar los secretos de agujas y dedales. La pasión por telas y recortes la acompañó todos estos años y Flavia se profesionalizó. Aprendió moldería y las camisas de vestir se volvieron su especialidad. Hoy, 70 años después, sigue cosiendo con la misma pasión con la que se hizo sus dos primeros vestiditos “a mano”, pero con un ribete extra: lo hace como voluntaria en la Fundación Margarita Barrientos, en la villa Los Piletones . Hace una década que Flavia dona su tiempo para ayudar a los más pobres. “Una mañana estaba escuchando a Nelson Castro y hablaba Margarita y decía que les hacía falta poner un taller de costura. Llamé a la radio y me ofrecí como voluntaria y así empecé”, recuerda Flavia en el taller que estrenaron hace poco más de dos meses en la villa.
Tres veces por semana esta bisabuela de 80 espléndidos años se levanta a las 6 de la mañana. Se toma el colectivo 114 a unas cuadras de su casa, en Villa Devoto, y viaja 45 minutos hasta el Parque Indoamericano –el mismo de las tomas de diciembre de 2010– y como cuando tenía 10 añitos camina 30 cuadras para cortar, coser y bordar .
“Según las telas que nos donan sacamos lo que podemos. Este invierno hicimos muchos buzos, joggins y ahora empezamos con la ropa más liviana, de estación: vestiditos, remeritas y calzas”, cuenta Flavia mientras muestra sus diseños. Un género beige está por convertirse –pasamanería al tono mediante– en un solerito de ensueño.
Lo que más le gusta a Flavia es dedicarse a la ropa para chicos. “Voy mirando modelitos, alguna publicidad, voy sacando ideas para hacer lo más lindo posible”, dice orgullosa de la ropa que cuelga de perchas y maniquíes.
Flavia, que supo ser de chica una alumna aplicadísima y detallista, se convirtió en maestra.
Por el taller de costura han pasado decenas de mujeres humildes en busca de un oficio . Flavia las ayudó a dejar los frunces de vidas duras y convertirlas en futuro.
Aunque es otra pasión, hace un tiempo que no enseña. Ahora se dedica a un nuevo proyecto: “Conseguir un puesto en alguna feria para poder vender la ropa” y juntar más fondos para el comedor al que asisten cientos de personas.
“ Precisaría una voluntaria que sepa coser y venga unas horas por semana . Si no voy a tener que venir más días y la verdad es que me canso. Son muchas horas para una persona de mi edad”, pide Flavia que se pasa 8 horas entre encajes y alfileres.
A toda máquina –en el taller hay cuatro– Flavia pega botones y borda. Parece una hormiguita, coqueta, en medio de una montaña de algodones, gabardinas, jeans y lycras que esperan flotar sobre su mesada de corte.
Y como si fueran creaciones de un diseñador saldrán a la venta. El esfuerzo de Flavia sirve para recaudar fondos para la fundación.
“Hay muchos gastos y muchas necesidades en el comedor comunitario. Es una obra muy loable, muy digna”, señala Flavia que no sabe lo que es tener que comprarles ni siquiera un guardapolvo a sus hijos. Lo hizo todo siempre con sus manos . “Cuando estaba deprimida iba y me compraba un corte de género. Era lo que me alegraba”, se ríe.
Y mientras repasa anécdotas de su vida entre hilos y agujas, promete risueña: “Voy a seguir cosiendo hasta que me dé la vista. Yo me voy a morir con una aguja en la mano”.

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