El ser y la nadadora

Enriqueta Duarte fue la primera mujer argentina y latinoamericana en cruzar a nado el Canal de la Mancha. Fue en 1951 gracias al apoyo de Eva Perón, de quien Enriqueta colecciona anécdotas y una serie de fotos desconocidas que empapelan su casa. Hoy tiene 82 años y sigue nadando, organiza pruebas internacionales de natación en el lago Nahuel Huapi y fue distinguida en la ciudad de Buenos Aires como Personalidad Destacada del Deporte por iniciativa de la diputada Diana Maffía. A punto de viajar a Venezuela para competir en siete carreras de diferentes estilos, le pide al diablo 20 años más para concretar todos sus sueños y declama, desde sus ojos celestes brillantes, por las injusticias que sufrimos las mujeres.

Por Flor Monfort
Página/12
7-10-2011

La casa de Enriqueta Duarte en San Telmo es un museo del peronismo, con retratos enormes de galas privadas e instantáneas en plan familiar de Eva con sus perros. Gestos y sonrisas poco vistas en el imaginario construido y canonizado de la gran referente popular. “Es un secreto”, dice cuando se le pregunta por el origen de las fotos, y de cada una cuenta una historia y aporta un dato “Cuando Eva conoció la moda europea cambió totalmente” o “era una tabla por donde la miraras, pero tenía los hombros perfectos para esos escotes”, dice y muestra la que está firmada por la misma Evita como el tesoro que la emociona, junto a sus medallas y diplomas. “Yo soy peronista a muerte y evitista, así que imaginate que esto es de lo más importante que tengo”, explica.

Enriqueta nació y creció en el barrio de Palermo, en una familia de clase media, que empezó a mandarla al club Obras Sanitarias como plan de fin de semana y que pronto se sorprendió por los triunfos de la única hija mujer de la familia en los torneos de natación. Dice que es una pechista nata pero que aprendió a la perfección todos los estilos, menos mariposa. Sin embargo, alguna vez se presentó a competir en esa categoría y arañó una medalla. Cuenta que al principio no le interesaba nadar, pero que era lo que tenía que hacer. Su primera carrera fue el 14 de febrero de 1942, a pocos días de cumplir 13 años. El entrenador les pidió a sus padres que pase a formar parte del equipo oficial, hecho que marcó un antes y un después en su vida familiar, que empezó a organizarse por sus horarios y competencias. Enseguida se hizo internacional.

¿Le gustaba nadar?

–No me molestaba, pero no me volvía loca tampoco. Iba a la mañana al colegio y a la tarde entrenaba de 3 a 5, tenía un solo día libre: el domingo. Vivíamos en Azcuénaga y Charcas y la familia empezó a seguir mi ritmo. En verano nos entrenábamos a la mañana, veníamos a almorzar y a la tarde volvíamos a nadar. No nos dejaban ni jugar al ping pong, ni andar en bici, ¡no nos dejaban tomar sol ni bailar! Era una vida de sacrificio, sólo nadar y nadar.

¿Y no se quejaba?

–No, era muy dócil, como mi papá y mi mamá. Te voy a decir una cosa: yo a ellos no les he dado más que satisfacciones en todos los aspectos, en cambio ellos a mí, sí me dieron disgustos: mi papá era mujeriego, yo lo adoraba pero me hacía sufrir mucho. A mis 9 años mi mamá ya me contaba que mi papá tenía una amante. Se armaban unos grandes líos, pero después se me pasaba. En un momento se separaron y ni mi hermano ni yo queríamos que mi mamá lo perdonara, pero ella lo terminó perdonando. Siempre parecía que mi mamá se iba a morir antes, pero no, se murió 18 años después que mi papá, a los 85 años. Y mi hermano cuando mamá ya era vieja, también se borró… A mí me han tocado en la vida hombres terribles.

¿Por ejemplo?

–Mi hijo, mi hermano, mis sobrinos, el que fue mi marido…. Todos esos hombres fueron un desastre. Ahora, amigos tengo unos que son de oro, así que no puedo decir “todos los hombres son una porquería”, los de mi familia nada más. Sobre mi marido es gravísimo lo que te voy a decir: cuando yo lo conocí, en el ’51, todos le decían doctor, y de hecho el fue como médico al Canal de la Mancha, que es donde nos conocimos. Cuando terminó todo, el tipo me empezó a festejar, él sabía que yo tenía muy buenas vinculaciones políticas y siempre pensé que esa fue una de las cosas que lo decidieron. Hace poco, cuatro o cinco años, empecé a sospechar que era un médico trucho, y ¡resulta que soy muy amiga del decano de la Facultad de Medicina, el doctor Buzzi, a quien conozco hace 70 años, de pantalón corto! Le pedí una reunión y le dije que por favor me averiguara si mi marido era trucho o no. El mandó a hacer toda la investigación y a los dos o tres días me llamó su secretaria y me dijo que mi marido era médico pero que ¡se había recibido en el ’52! O sea que era un mentiroso, un hipócrita, no era médico cuando fuimos al Canal de la Mancha. ¡Un gran falso! Y yo todavía pienso que realmente no se recibió, que falsificó los papeles. Jamás trabajó ni en un hospital ni sanatorio, trabajaba dando licencias y esas cosas, se dedicaba a reumatología, que no podés curar ni matar.

¿Qué hubiera pasado si sabía esto antes?

–No sé. Mirá, te voy a decir una cosa, yo en un momento pedí la anulación del matrimonio religioso, pero no la pude hacer. Yo tenía un tío que me decía “vos te tenés que separar”, pero yo me había casado para toda la vida, entonces le decía que a mí me habían tocado cartas malas y que me la tenía que aguantar. Finalmente lo terminé haciendo, pero pasaron muchas cosas antes. Cuando quedé embarazada de mi primera hija, durante todo el embarazo ni me tocó, porque decía que le hacía mal al bebé, y yo comenté eso en una reunión de amigas que estaban todas embarazadas y quedé como una idiota, me decían: “Enriqueta, pero si es lo mejor”. Yo me quería morir. No sabés las cosas que me hizo. El era caudillo de zona norte, estaba entongado con jueces, no me pagó alimentos, me quiso estrangular, me mandó presa, me acusó de que yo le había robado. Estábamos en pleno divorcio, él no pagaba alimentos y yo vendí sus libros de medicina (que imaginate él ni los tocaba) porque necesitaba el dinero, y me acusó de robo y me mandó presa. Estuve 27 horas detenida, pero por suerte entraron unas prostitutas a mi celda que conocían todo y me dieron sábanas, ropa, almohadas, comida.

¿Por qué usted tenía vinculaciones políticas?

–Varias cosas. Como deportista yo los conocí a Eva y a Perón, pero también tuve un tío que era subsecretario de Relaciones Exteriores, Oscar Ibarra García, y mi papá era periodista y cronista parlamentario. Llegó a tener un diario que se llamaba Nueva Argentina, entonces yo estuve todas las veces que Perón leyó sus mensajes en el Congreso el 1º de mayo, los planes quinquenales, etcétera. Y la veía a Eva en el palco. Me sabía los juramentos de memoria. Al costado del salón blanco hay como una galería donde Perón saludaba, te hablo de cuando todavía no era presidente. Un día me lo encuentro a este tío y me dice “qué peronista que sos”. No existía todavía el peronismo, era laborismo y gremialismo, así que yo considero que mi tío inventó el término. Yo sería la peronista número uno, bueno, puedo admitir que Eva sea la número uno, pero entonces yo soy la número dos. Cuando Perón gana la presidencia el 24 de febrero del ’46, nosotros en ese momento teníamos un torneo en Mar del Plata, entonces nos viene a buscar a la estación de tren el presidente de la Federación de Natación, Mario Negri. Los de la federación eran antiperonistas totales, subimos al auto y él dice en relación con las elecciones, “esto ha sido un plebiscito particular de toda la población”, pero yo no entendí qué quiso decir. Cuando nos bajamos le pregunté a mi mamá y ella me explicó que había sido voluntad de todos que Perón llegue al poder. Era algo muy fuerte lo que estaba pasando. A los dos meses, fuimos al Sudamericano de Río de Janeiro, que era el primero que se hacía después de la Segunda Guerra Mundial. Yo estaba en quinto año del Normal Uno de Profesoras y nos fue espléndido a hombres y mujeres, le ganamos a Brasil, que era un triunfo infinito: la época de oro de la natación argentina. Y llegó una felicitación vía telegrama de Perón. Negri casi se muere, decía “nunca jamás un presidente se ha ocupado de nosotros”. Cuando llegamos a Buenos Aires nos fue a recibir Perón.

¿Cómo fue?

–Maravilloso. Una sonrisa increíble, sus felicitaciones, era divino.

Después usted participó en las Olimpíadas de Londres en el ’48…

–Sí, pero fue un desastre. Nos mandaron en un barco de pasajeros, con primera, segunda y tercera clase, entonces a los deportistas nos separaron o por estudios o por relaciones sociales. Yo fui a primera, comíamos langosta todos los días, pero había compañeros que comieron fideos y arroz todo el viaje y llegaron pasados de peso y no pudieron competir. El barco tenía una piletita de dos por tres, así que de practicar, nada. Una burla. Estábamos en el mismo barco pero incomunicados, encima los de segunda y tercera nos odiaban pero nosotras no teníamos la culpa. ¡Llegamos a Cannes, no a Londres! ¡Un papelón! Nos hicieron pasear por Cannes y nos subieron a un tren, otra vez las tres clases, nosotras camarotes y los de tercera en asientos de palitos. Atravesamos toda Francia y llegamos a Dover, a las mujeres nos mandan solas en un ómnibus a Hallsham en Sussex.

¿Pero ustedes no tenían que ir a Londres?

–Sí, pero ¿no te digo que fue un desastre? Todavía no estaba preparado el colegio donde teníamos que alojarnos todos, entonces nos mandaron a las mujeres a un palacio que había sido de la realeza. Guante blanco, lago, chimenea, habitaciones de 20 x 8, camas de dos plazas. Yo estaba con mi gran amiga Adriana Camelli, no podíamos entrenar y nos la pasábamos paseando. La única que tenía moneda inglesa era una compañera nuestra que nos pagaba todo. Nos divertimos que no te imaginás, pero era un delirio. Estuvimos diez días así. Hasta que nos dijeron que el colegio ya estaba listo. Perón había dado tres mil kilos de comida para que no extrañemos la comida argentina, pero estaba con los hombres, nosotras de eso no vimos nada, sólo una vez mi papá, que estaba cubriendo como periodista, nos trajo carne. En esa época en Europa había gran racionamiento por el fin de la guerra, ¡entonces después nos enteramos de que los organizadores vendieron todo!

¡Unos ladrones!

–¡Claro! Y yo tengo los nombres de esos tipos, que hicieron negocio con nosotros: Marchese, Buré, Montés, Grasso… Pasaron cosas muy graves, en el viaje de vuelta, un esgrimista murió por un ataque de apendicitis, una cosa totalmente delirante. Pero a Perón lo llenaron de ilusión y alegría las tres medallas de oro que trajimos de Londres, dos de boxeo y una de atletismo. Fue la vez que Argentina tuvo más medallas en una olimpíada, por eso yo digo que esas son las olimpíadas de Perón. El día que nos recibió, yo le dije a mi grupo: “Yo le voy a decir al General las cosas que pasaron en el viaje” y todos me dijeron “no seas idiota y callate la boca”, y entonces no hablé, pero yo quería hablar.

¿Se arrepiente?

–Sí, porque yo pienso que él me hubiera escuchado.

Después fue lo del Canal de La Mancha…

–En el ’50 yo ya pensé que no iba a nadar más, porque me enfermé mucho de los oídos, entonces empecé a hacer esgrima y a estudiar derecho, que estaba recién inaugurada, y me nombraron profesora ad honorem de natación. Ahí me enteré del Canal de la Mancha, que el nadador Antonio Abertondo había ido el año anterior y lo había cruzado. Eso despertó en mí ciertas cosas, como un desafío. Empecé a pensar cómo ir, pero era un imposible. Mucha gente pensaba que no iba a lograrlo. En línea recta son 35 kilómetros, pero hay 9 corrientes y nadamos aproximadamente 70 kilómetros. Fui la primera mujer argentina y latinoamericana en cruzarlo.

¿Entrenaba horas y horas?

–No, fui sin entrenamiento. Eso lo ganás con la cabeza. Pero fue muy difícil, primero que me elijan, después hubo que conseguir la plata. Fue así: Eva nos reunió a las olímpicas para formar el ateneo deportivo femenino “Evita” con deportistas de todo el país. Fuimos 70 mujeres a verla con ramos de flores y ella estaba tan contenta que no te podés imaginar, era lo que ella quería, se le salía la felicidad por los poros. Nos vamos a sacar la foto y yo estaba atrás de ella, en segunda fila. La mujer de un esgrimista que era muy amiga mía dice: “Enriqueta, correte que no salís”, y Eva salta como un resorte: “¿Enriqueta Duarte? ¿Qué hacés vos acá si te tenés que estar entrenando para el Canal de la Mancha?”. ¡Mirá la información que tenía, la memoria! Ella sabía que yo había sido elegida pero ahí le cuento que no habíamos conseguido la plata para viajar. Le dio un ataque y le ordenó a su secretario privado una audiencia para el día siguiente. ¡Y no dice Enriqueta Duarte, dice Enriqueta a secas, ya era de dominio público! Ella ya estaba enferma, pero nos dio todo para viajar. Quería que llevemos dos trofeos para los dos primeros ingleses que se clasifiquen en el Canal de la Mancha, nosotros andábamos muy mal con Inglaterra, por los ferrocarriles y por la carne, entonces ella, que tenía una habilidad política tan increíble, me mandó los dos trofeos y me hizo así con el dedo “aunque ganen ustedes no son para ustedes, son para los ingleses”. ¡Vivísima!

¿Y cómo fue cruzar el Canal de la Mancha?

–¡Tardé 13 horas 26 minutos, establecí record latinoamericano para hombres y mujeres! Yo estaba preparada psicológicamente para nadar 24 horas, así que imaginate. A las seis horas de nadar ya veía los blancos acantilados de Dover, que es como una pared de mármol blanca con todo el pastito y abajo la playa. “Ya estoy en Inglaterra”, pensaba yo, era un estímulo enorme. ¡A medida que iba nadando, cada brazada, era ver algo más: una ambulancia, autos, gente! Medio Canal de la Mancha vine soñando con un bife con huevo frito, mi mamá me los hizo después, a las 12 de la noche. Todos llorábamos.

Ahí ya le gustaba nadar…

–Sí, ahí sí. Y también estaba la vanidad, pensaba cómo me iban a recibir en Buenos Aires. No puedo dejar de reconocer eso. Después bueno, Eva ya estaba enferma y no fue tan así el recibimiento, pero no importa, yo pensaba en eso.

¿Cuando se murió Eva qué sintió?

–Una tristeza terrible, pero no me dejaron ir porque era un tumulto tan grande. Hubo un general que murió aplastado por la gente. Hasta el día de hoy tengo esa pena de no haber ido.

¿Usted ya estaba casada?

–No, yo me casé en el ’53 y tuve tres hijos: dos mujeres y un varón, pero siempre tuve un amor imposible, Enrique Kistenmacher, que también era olímpico. Era una atracción entre nosotros que saltaban chispas. No me casé con él por estúpida, porque él ya tenía una novia, entonces me contó que ella se había hecho muchas ilusiones, ya se había entregado a él, había perdido la virginidad y yo, dejé que el tipo siga con ella y se casara, en vez de luchar por él. En el ’50 se armaron las olimpíadas universitarias de Tucumán, y yo fui por natación. Fue un viaje tan increíble, íbamos juntos de la mano de acá para allá, pero yo tenía toda esa educación de las dominicas francesas, que eran peores que los españoles de la Inquisición: que la pureza, la virginidad… Nosotras ni entre amigas hablábamos de lo íntimo ni de las cosas sexuales, nada. Y en mi casa era un tema tabú.

¿Usted se casó virgen?

–Totalmente, sin saber nada ni conocer nada, ¡qué imbecilidad! ¡Qué injusta la gente con nosotras, con las mujeres! Es lo que yo les digo ahora a los padres: las chicas tienen que tener experiencia igual que los hombres. Pero ¿sabés qué? Los hombres lo hacen a propósito, para que nosotras no los critiquemos, para defenderse ellos en sus insatisfacciones y en las cosas que no saben manejar: ¡nos joden la vida a nosotras!

¿No pensó en aflojar?

–No, pero te tengo que decir que yo pensé todos los días de mi vida en Enrique. Cuando se murió, hace unos años, me liberé, porque ya estaba. Pero yo he sido una buena persona, ¡bah! soy una estúpida a veces: conseguí departamentos para tres o cuatro amigos y no conseguí ni para mí ni para mi mamá, porque yo tenía un buen pasar, entonces me conformaba. Siempre pienso antes en los demás, y pienso que los demás hacen lo mismo y no, la gente puede ser malísima.

En el año ’76 se exilió a Venezuela y se dedicó al turismo, ¿por qué?

–Sí, me quedé 29 años y medio, de mis 50 a mis 70 años. ¡Me fui porque mi marido me había mandado matar! También hizo publicar mi foto en el diario diciendo que yo era una ladrona, quería que me echaran de mi trabajo para joderme. Yo llegué a ser directora regional de Panamerican y fui muy buena en mi trabajo. Fui la primera mujer que Panam nombró en el mundo en ese cargo. Siempre me superaba en ventas, viajé por todo el mundo, yo, mis hijos y mis nietos. Fui 77 veces a Nueva York, es mi ciudad, la amo más que a Buenos Aires.

¿Qué piensa de nuestro gobierno actual?

–La situación es muy difícil, yo me puedo quejar como jubilada. Pero igual a la Presidenta la quiero conocer, la respeto, le escribí 16 cartas. No sé si Eva la hubiera querido, pienso que hubiesen discutido mucho. Soy muy patriota, al hablar de eso ya me emociono: en quinto año tuve que dar tres materias, una era instrucción cívica, y yo venía del sudamericano de Río de Janeiro, entonces hablé de eso, del himno, de la bandera, el desfile… Empecé a contar mi experiencia ¡y casi lloran las profesoras! Fui delegada de natación en el colegio, ganaba todos los intercolegiales, y en esa época los intercolegiales eran semilleros de deportistas. Todo eso se perdió… Yo soy absolutamente peronista pero si hay alguien que hace algo por el deporte, aunque no sea peronista, yo lo voy a reconocer. Y si hay un peronista sinvergüenza, también lo voy a decir. Uno que ya te voy a decir se llamaba Rodolfo Valenzuela, quien tenía orden de Perón de darnos a mí y a Irma Grampa, que era una esgrimista, una casa, un auto y 500 mil pesos. Cuando vino la Revolución Libertadora, me empezaron a investigar, me llamaron a declarar al Comité Olímpico y ahí me preguntaron: “¿Qué cosas recibió de Perón y de Eva?”. “Nada”, les dije. “Sin embargo está su firma.” Bueno, falsificaron mi firma, y lo mismo le pasó a Irma. Ahí nos enteramos, muchos años después. Yo hice una nota que se titula “Yo acuso” y la mandé a la Corte Suprema para que bajen el cuadro de Valenzuela, no sé si lo sacaron pero yo me lo saqué de adentro.

¿Hoy qué hace, cómo es su vida?

–Organizo muchísimos eventos, hago entrevistas, viajo. Ahora vengo de Alaska, que era mi sueño conocer y me impactó. Cuando viajo me compro perfumes, lápices de labios y bombachas, esos son mis preferidos. También sigo nadando, estoy a punto de viajar a Venezuela (donde todavía viven mis hijas), para competir, y organizo la prueba internacional en el lago Nahuel Huapi. En el ’63 lo crucé y fue maravilloso: con malla, gorra y antiparras, no había neoprene todavía. Me dio casi más satisfacción que el Canal de la Mancha. En esa época, nadie sabía nada del lago, de las corrientes, las olas y el viento. Tardé 2 horas 54 minutos y tuve que hacer una apertura y nadar 18 kilómetros, pero fue hermoso.

¿Por qué es importante el deporte?

–Porque el deporte te hace pensar en todo: en lo físico, en el espíritu, en lo humano. Es importante en la construcción de una nación, el respeto, la honradez. Tiene valores muy importantes y además es parte de mi vida y de lo que me permitió conocer y amar tanto.

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