Fue yesero y canillita, y lo nombran prócer de la oftalmología

Alberto Ciancia Empezó Medicina a los 24 años y hoy es una eminencia. “Todo lo hice trabajando y amando”, dice.

Por VALERIA ROMÁN
Clarín
4/8/11

Quería ocuparse de la salud de los demás, pero a los 17 años Alberto Ciancia casi no tenía dinero para comer ni estudiar. Sobrevivió como peón de yesero. Vendió diarios por las calles de Buenos Aires. Recorrió casas para ofrecer las enormes radios que se fabricaban en los años cuarenta. Hasta que consiguió un trabajo de media jornada en un colegio secundario que le permitió cursar en la Universidad de Buenos Aires (UBA) simultáneamente. Primero, estudió kinesiología, y después medicina.
Con toneladas de esfuerzo y pasión, se convirtió en una eminencia mundial.
Mañana a las 19 recibirá el título de Prócer de la medicina oftalmológica en la Asociación Médica Argentina, en un acto organizado por la revista “Gracias, doctor”.
El oculista será homenajeado en el aula magna de la entidad médica, en Avenida Santa Fe 1171, Capital. Durante el acto hablarán el presidente de la entidad Elías Hurtado Hoyo, el decano de la Facultad de Medicina de la UBA, Alfredo Buzzi, y el oftalmólogo Roberto Lavin, entre otros colegas que quieren celebrar las contribuciones de Ciancia: salvó la vista de miles de niños.
El homenajeado descubrió un tipo de estrabismo que lleva su nombre: el síndrome de Ciancia. El hallazgo ocurrió en 1962. “Veíamos muchos pacientes con estrabismo, pero algunos nos llamaban más la atención”, cuenta a Clarín , en su departamento en Palermo. Primero, detectó que algunos de los que padecían el desorden tenían síntomas diferentes, como el movimiento involuntario de los ojos, y una tortícolis en el cuello. Publicó detalles en revistas especializadas que llegaron los Estados Unidos. De esta manera, las sociedades extranjeras le reconocieron el descubrimiento .
Ciancia nació en el pueblo de Villa Iris, partido de Puán, en el suroeste de la provincia de Buenos Aires, en 1924. “Era tan seco el entorno que mi mayor sueño era ver un río”, recuerda. A los 17 años, se mudó a Capital para estudiar en la universidad. Pero su familia no tenía cómo costearle el esudio y pasó por diferentes trabajos.
“La misteriosa química de las circunstancias me llevó a ser oftalmólogo” . Recién a los 24 años pudo anotarse en la carrera de medicina. Trabajó durante décadas en el servicio de oftalmología del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, y fue miembro fundador de asociaciones que tienen en común la solidaridad. Por un lado, creó la Fundación Oftalmología Pediátrica, con cursos para profesionales que venían de toda América latina. Sus enseñanzas dejaron tanto impacto en los alumnos que se vieron impulsados a fundar la Asociación de Discípulos del Dr. Ciancia. “Son como mis hijos”, cuenta el oculista.
La otra movida fue impulsar junto con otras personas la creación de la Asociación Argentina para el Estudio de la Recuperación del Ciego y del Amblíope (ASAERCA) en 1971. “Nos motivó la idea de hacer que los ciegos también puedan estudiar, trabajar, y acceder a la atención médica”.
En sus tiempos libres, era piloto de planeador y tripulante de un velero.
Ya tiene “87 años y medio” (dice), y mañana será reconocido. “Todo lo hice trabajando y amando”. Nada más simple. Se sabe que cuando las familias de sus pacientes no podían pagarle las consultas o las cirugías, Ciancia contestaba: “No se hagan problema. Mis honorarios van sin cargo”.

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