Un eterno romance con la música

Basilio Givavicius

Este amante del clarinete, de 82 años, es el último de los miembros fundadores de la Banda Nacional Sinfónica de Ciegos

Por Leandro Milán
Para LA NACION
Sábado 02 de julio de 2011

Basilio sorbe su macchiato americano, vestido elegantemente de traje en una de las mesas de la Biblioteca Argentina para Ciegos (BAC). Rodeado por los estantes completos hasta el techo de libros que aparentan ser iguales, todos de un tono bordó sin nada que los distinga, me da su mano y mientras esboza una pícara sonrisa dice: “Quitale dramatismo a mi ceguera. Yo me olvidé que soy ciego. Cuando te hablo a vos, te veo en mi cabeza y hasta veo a esa señora que está detrás de nosotros con su polera blanca”.
Basilio Givavicius, de familia lituana, nació el 5 de octubre de 1929 en Buenos Aires. Sus casi 83 años no se condicen con su rapidez mental y su memoria inalterable que parece perenne en el tiempo. Ciego desde los 11, aunque su problema de visión comenzó a los 9, es el último de los miembros fundadores de la Banda Nacional Sinfónica de Ciegos Pascual Grisolía que sigue vinculado a ella.
Antes de perder la vista, siendo un niño pequeño, tuvo su primer roce con la música. Fue cuando en el conventillo que su familia alquilaba en La Boca que escuchó ensayar al grupo de comparsa Los Armoniosos. “Era contagioso ver ensayar a esa comparsa”, recuerda.
El 25 de mayo 1939, ya sin poder ver el pizarrón en la Escuela N° 1 (República de España), no pudo ocultarle más a su familia su problema de visión y recurrieron a la medicina para intentar revertir su situación. Se sometió a una complicada cirugía ocultar en el Hospital Luisa Gandulfo, pero producto de una mala recuperación perdió la vista para siempre. “Fue un momento difícil para mi familia, tuvimos que quedarnos en la Argentina por mi enfermedad. La ceguera me hizo madurar de golpe.”
Siendo un joven de 11 años y habiendo perdido su visión, Basilio ingresó como pupilo en el Hogar-Escuela Manuel Belgrano, donde conoció a Sarita Forte, una maestra del hogar abonada al Colón y amante de la música clásica, que además de enseñarle a leer braille, lo juntó con quien sería su gran amigo: José Antonio Farías, quien lo acercó a la música clásica. El 20 de junio de 1941, el romance con el mundo clásico se volvió realidad, cuando escuchó la magnífica versión de la 9ª Sinfonía de Beethoven interpretada por la Orquesta Estable del Colón y dirigida por el mítico Arturo Toscanini. “La forma en que tocaron esos músicos, todos bien ajustados por el director, es el día de hoy que me emociona Se harán grandes cosas en el mundo, pero nosotros también podemos.”
En 1938, un desfile de la orquesta militar despertó en la mente de la presidenta del Patronato de la Infancia la necesidad imperiosa de acercar la música a la gente invidente. La idea fue llevada a cabo un año después, cuando además se crearon la escuela para niños y niñas ciegas, la escuela de reeducación y de aprendizaje para ancianos ciegos, una banda sinfónica y un coro polifónico de ciegos, el Instituto Oftalmológico Pedro Lagleyze, la imprenta Braille, hogares para personas ciegas sin casa y viviendas adaptadas para matrimonios ciegos.
Así fue como en el Patronato se comenzó a gestar la que sería la primera orquesta sinfónica del mundo compuesta exclusivamente por jóvenes no videntes. Durante décadas, once chicos de entre once y catorce años le dieron sus vidas a la disciplina de la música, mostrando al mundo y a ellos mismos lo que eran capaces de lograr. Esta experiencia encierra tanta magia y emoción, que fue la materia prima de la película El último hombre, estrenada en 2010. La misma versa sobre la banda – desde cómo se construyen y se leen las partituras en Braille hasta cómo se ejecutan los instrumentos – y su título está inspirado obviamente en Basilio.
“Realmente fue salvador para muchos, tanto el coro como la banda permitieron a muchos ciegos, entre ellos yo, trabajar dignamente. Participé del coro polifónico antes de que fuera parte de la banda sinfónica. No sé si cantaba bien, pero le ponía actitud -acota francamente mientras se ríe”.
Amante de la música, Basilio se enfocó en los instrumentos y se decidió, pese a su instrucción como pianista, a tocar para la banda el clarinete requinto, un instrumento que si bien no es su favorito, define como “un instrumento que refuerza los agudos. Siempre estás expuesto. Si te equivocás se entera hasta el de la última fila”.
Una nueva dimensión
“Cuando toco, por mi cabeza desfilan todos los colores, es como volver a ver. Cuando perdés la vista, el sonido se transforma en tu sentido principal y cada nota tiene su propio color. Eso de que los ciegos tenemos mejor oído es mentira, pero nos sirve para chamuyar -bromea-. Pero es cierto que la música adquiere una dimensión casi vital para nosotros.”
La pasión con la que brotan las palabras de la boca de Basilio contagia, casi se puede percibir la música como la percibe él, y es imposible no entender a la banda sinfónica como algo fundamental en su vida.
Gracias a la banda, Basilio tuvo la oportunidad de estar frente a grandes figuras internacionales, como la princesa Diana de Gales (Lady Di) en su gira por el país en 1995.
“Me dio la mano y fue muy fuerte, no supe qué decirle, se me escapó un me gusta su perfume y cuando se lo tradujeron se rió.”
Desde la trastienda
Por motivos personales, recientemente abandonó su posición como músico en la banda, aunque sigue vinculado a ella como corrector de partituras, una posición fundamental para las nuevas generaciones de músicos no videntes.
“Cuando toco en mi casa el clarinete que me prestó la banda, me agarra nostalgia, ganas de volver, pero es una responsabilidad enorme y ahora siento que sigo trabajando para mejorarla desde la trastienda.”
“Quitale dramatismo a que soy ciego”, fue una de sus primeras frases, y sin duda, al escucharlo hablar, uno piensa que Basilio es una oda al triunfo sobre las adversidades. Que su vida es la obertura solemne de Tchaikovski tocada con cañones en vivo, una historia que nos invita a no abandonar los sueños y a luchar por lo que queremos, que citando a Paulo Coelho: “Cuando uno quiere algo, hasta las estrellas conspiran para que se logre”.

http://www.lanacion.com.ar/1386102-un-eterno-romance-con-la-musica