Ides Kihlen: vivir para el arte

Tímida, creativa y energica, a los 94 años, esta descendiente de suecos exhibe sus ultimas creaciones

Por Constanza Guariglia
La Nación
Domingo 03 de julio de 2011

Es menuda, de grandes ojos azules que oculta detrás de unos anteojos ahumados. Camina rápido y, con pasos enérgicos, recorre su departamento y atelier de la calle Alvear. Si hay que sentarse en el piso, no titubea: se arrodilla sin temor y se levanta sin ayuda. Su forma de hablar no remite a una zona del país en especial pero sí a otro tiempo. Rodeada de los cuadros de su muestra Concierto de colores, la artista Ides Kihlen, de 94 años, charla con LNR sobre su vida y un amor por el arte que no se limita a la plástica: también es concertista de piano y, con esta nueva muestra, logró integrar la música en sus pinturas. “Un día, de repente, quise conocer el sonido de mis cuadros” explica y cuenta que creó una tabla de colores con su correspondencia en notas musicales y así logró componer partituras pictóricas.

Entre los cuadros hay un piano de cola al que Ides se sienta. Su postura se transforma y refleja años de práctica y ensayo. Sus manos vagan a lo largo de las teclas buscando los colores. “El Mi lo veo colorado; el La, verde; el Do, negro. Este cuadro sonaría así”, dice mientras interpreta una melodía con una energía que no concuerda con su edad.

-¿Cuál es el secreto para estar tan maravillosamente bien a los 94 años?

-Creo que la vida sencilla, tranquila. No conozco el estrés.

Una vida dedicada al arte y sólo al placer del arte, sin la presión de convertirlo en una carrera llena de objetivos y de ansias de venta. Hasta los 83 años nunca expuso ni vendió una obra. “Creo que tenía miedo. Me imagino que sería eso. Lo cierto es que no me importaba. Ahora, todos quieren mis cuadros”, admite casi con resignación. Sus hijas, Ingrid y Silvia, son coleccionistas y hoy están a cargo de organizar y administrar su carrera.

-¿Qué la decidió a hacer su primera muestra?

-Mis hijas. Ellas compraban y vendían cuadros y había unos de Raúl Russo que querían vender. Mientras el galerista los miraba, vio uno mío.

Silvia, que presencia la entrevista, interviene: “Quedó embelesado. Quería llevarse todo. Fue así que organizó una muestra en la edición 2000 de arteBA, donde se vendió todo. Pero mamá se enojó. Es la bohemia hecha mujer.”

-¿Nunca se codeó con gente del arte?

-Claro que sí. Fui alumna de Pío Collivadino y de Vicente Puig.

-Quiero decir, más allá de sus maestros, gente aficionada al arte?

-Nunca me interesó figurar, andar en ese círculo de gente. Me gusta trabajar sola, encerrarme y pintar.

De padre sueco y madre de origen suizo, Ides nació en la provincia de Santa Fe en 1917. “Papá, que estudió en Suecia y se recibió en Berlín, era ingeniero y trabajaba con la madera. Por eso nos instalamos en el litoral; de Santa Fe nos fuimos al Chaco y de allí, a Corrientes”, cuenta. Esa infancia, a orillas del río Paraná, marcó su amor por la naturaleza, fuente de inspiración en sus primeras obras. Las mariposas se convirtieron en una obsesión: “Mi padre las traía de cada lugar al que viajaba y mandó a hacer un cuadro enorme. Una hermosura.”

-¿Su padre se adaptó a este país?

-Muchísimo. Aunque era un sueco muy sueco, le encantaba la Argentina. Gracias a él estudié arte.

-¿La alentó?

-A mi hermana y a mí nos dijo que teníamos que estudiar, que hiciéramos lo que quisiéramos, pero que estudiáramos. Mi hermana se decidió por Perito Mercantil. Yo entré en la Escuela de Arte Decorativo. ¡Que lujo que era esa escuela! Lo pasábamos muy bien. Allí hasta conocí a Walt Disney.

-¿A Walt Disney?, ¿qué hacía ahí?

-Vino al Sur para filmar algo con unos árboles [el Bosque de Arrayanes para el film Bambi]. Estuvo en la escuela. Yo tenía 17 años y él era muy buen mozo: ojos negros, un bigotito, alto, flaco, todo vestido de negro con una cintita suelta alrededor del cuello. Me acuerdo que nos saludamos. Me vio rubia y me habló en inglés.

-Claro, usted casi sueca.

-Sí, era muy rubia. ¡Y a mí me hubiera gustado tanto ser morocha! Me encantaban los morochos. Mi marido era morocho.

-¿Murió?

-No, no, vive. No conmigo, pero vive, [ríe]. Estoy divorciada. Me divorcié a los 17 años de estar casada. Era aburridísimo.

-¿Su marido o el matrimonio?

-Todo.

-¿Y qué era lo que le molestaba de estar casada? ¿No podía pintar?

-No, tenía mucha autonomía porque él era muy liberal. Le encantaba bailar, las fiestas, la música. Al principio salíamos juntos, íbamos al Teatro Colón todos los domingos. Luego comenzó a salir solo y yo prefería quedarme pintando. Llegaba a cualquier hora y yo no decía nada. Estaba en la mía y él, en la de él.

-Usted se divorció en una época en la que no estaba bien visto. Toda una adelantada.

-Sí, menos mal que mi padre ya había muerto, porque no le hubiera gustado nada.

-Perdón, pero si no vendía sus cuadros y vivía para pintar, ¿cómo se mantuvo luego de la separación?

-Ah, tenía plata. Mi pobre padre era rico. Era un gran hombre de negocios. Muy generoso y buenísimo.

-Luego de separarse, ¿nunca volvió a enamorarse?

-Mirá, no tenía tiempo para enamorarme. Algo hubo, algunos que me gustaron durante algún tiempo, algunos artistas, compañeros de los lugares que frecuentaba. Aunque nunca fui de salir mucho.

-¿Ni de joven?

-Mi hermana iba a las fiestas, le encantaba la ropa, iba a las mejores modistas. Yo iba detrás porque no me quedaba otra, ya que mi madre me mandaba con ella. Teníamos que ir juntas a todos lados.

-En cuanto a su obra, ¿siente que puede inscribirse en algún tipo de movimiento o escuela?

-Lo mío es amor por la pintura. Más por la pintura que por el piano, aunque estudiaba un mínimo de 7 horas por día de piano. Mis profesoras querían que diera conciertos pero eso no me gustaba.

-No le gusta exponerse.

-No. Yo la pasaba muy bien pintando; era muy solitaria. En todas nuestras casas elegía una habitación y ese era mi atelier y dormitorio. Siempre algún altillo.

-¿Ya se siente más segura?

-Un poco más, pero nunca estuve muy dispuesta a hacer exposiciones. Me han tenido que insistir.

La entrevista llega a su fin y es hora de las fotos. Kihlen posa con timidez, pero con prestancia y distinción. A donde vaya, detrás suyo corre Zully, la perrita Yorkshire que ladra en forma aguda y persistente.

Ides, que suele trabajar y pintar en el piso, se arrodilla e instala sobre uno de sus cuadros sin bastidor. Parece contenta. “He pasado un momento maravilloso. Aunque no tomo alcohol, sí tomo champán y querría convidarlos con una copita”, comenta y se retira hacia la cocina. Una explosión de descorche y reaparece Ides con la botella envuelta en una servilleta al tiempo que anuncia: “Les sirvo…”

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