Su amor por los demás la mantiene viva

Con 84 años, es voluntaria del hospital Fernández, de la parroquia de San Cayetano de Belgrano y atiende la farmacia de la Casa de la Caridad

La Nación Comunidad
Sábado 04 de junio de 2011

Las hojas de los árboles parecen pintar el suelo de ocres y rojizos en los días otoñales. Abrigada sale a la calle y camina a paso lento, mirando siempre hacia adelante. De repente, un hombre hastiado, cubierto de trapos viejos, con una botella de vino en la mano grita su nombre desde la vereda de enfrente. Ella no duda: cruza, le da un beso, conversa un buen rato y sigue su camino. Alrededor, muchos miran con desconcierto, sin entender por qué esa señora de pelo cano y ojos dulces se acerca a un linyera con tanto cariño. Y es que pocos saben que su amor por los demás es lo que la mantiene viva.

Le dicen Memé. Es una farmacéutica de 84 años, recién cumplidos, que desde hace casi dos décadas vive por y para aquellos que más lo necesitan. Es voluntaria del hospital Fernández, atiende la farmacia de la Casa de la Caridad, y colabora en las duchas para hombres en situación de calle de la parroquia de San Cayetano de Belgrano. “Yo hago lo que me gusta y, como si fuera poco, con todo gusto. El hecho de saber que hago falta me hace sentir bien.”

-¿Cuándo descubrió su voluntad de colaborar con quienes más lo necesitan?

-Fue en 1987, cuando me jubilé. Después de tantos años de una profesión tan esclava empecé como los perros desatados, porque sentía que tenía tanto para hacer. Un día, una gran amiga que trabajaba en el hospital Fernández me propuso colaborar allí. Una vez que entré no salí más. Es una labor muy atrapante y te llena de satisfacciones.

-¿Qué tareas realiza como voluntaria hospitalaria?

-Las voluntarias acompañamos a los enfermos que están internados y a los parientes, en las terapias y las guardias. Somos un poco la oreja y la mano que están justo ahí cuando hace falta. A los enfermos les ofrecemos nuestra compañía: conversamos, los afeitamos, le damos de comer a los que tienen alguna discapacidad, y ellos vierten en nosotros aquello que no hacen con los médicos, las enfermeras y sus propias familias, que muchas veces los abandonan. Hay tanta gente para atender que se hace lo que se puede. Entro muy temprano a la mañana y me voy después del mediodía. Que te tomen de la mano cuando terminás de darles de comer o que te pregunten si ya te vas, porque quieren estar con vos un rato más, alcanza y sobra. Uno no lo hace por las medallas, sino por el afecto, que es lo más lindo que obtiene.

-¿Qué función cumple en la farmacia?

-Los martes atendemos a la gente que no tiene medios para comprar medicamentos en la farmacia de Conde 790. Somos dos farmacéuticas y un grupo de voluntarias, todas señoras mayores. Atendemos a la gente y les damos los medicamentos sin cargo. Tenemos una centralita de Cáritas, pero tratamos de no restarles elementos a ellos. Entonces, nos nutrimos con lo que nos mandan las parroquias y los médicos de barrio.

-También colabora en la parroquia de San Cayetano. ¿Cómo es la experiencia?

-La experiencia es única. Ahí es donde más satisfacciones recibo, porque me dan tantas lecciones de conducta. Los sábados la parroquia les da un servicio muy lindo a hombres que viven en la calle. Son cerca de 40, y el 70% sufre problemas con el alcohol. No tienen posibilidades de inserción social, laboral ni afectiva. Generalmente están solos, porque no hay quién los aguante. Vienen malolientes, drogados, alcoholizados y se van bañados, con el pelo corto y afeitados. Se sienten tratados como personas durante dos o tres horas.

-¿Qué relación tiene con ellos?

-Soy un poco la madre, la abuela. Se me han muerto un montón y ahora que viene el invierno es terrible. Ellos lo han superado todo. Tienen un modo de ver las cosas muy distinto. Tienen amistades fuertes, son como hermanos. La frazada o el cartón donde duermen los une, a lo mejor mucho más que una relación laboral o económica que puede ser forzada. En la parroquia las relaciones son reales. Después del baño juegan al truco, al tejo, charlan un rato y se van. Y uno se siente tan útil. Además, un día a la semana, a la noche, nosotros les llevamos comida caliente a los lugares donde pernoctan.

-Usted está en constante movimiento.

-Sí. Esto del voluntariado lo hago en vivo y en directo, todos los días, como lo hacía la Madre Teresa. Granito a granito. Es lo que no se nota, pero que también suma.

Una vez más, Memé sale a la calle. Ahí afuera alguien recibirá su ayuda.

Por Soledad Avaca Cuenca
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/1378308-su-amor-por-los-demas-la-mantiene-viva