Repensar la ancianidad

El 15 de Junio se conmemoró el Día Mundial de la toma de conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez y el día Mundial de la Ancianidad. La fecha busca llamar la atención de la sociedad sobre los derechos de la vejez y la necesidad de prevenir y combatir las formas de maltrato y violencia a las que está expuesta. A la vulnerabilidad natural que caracteriza a esta etapa, se agrega un deterioro de derechos elementales de acceso a la salud y a un ingreso decente. Los adultos mayores pertenecen a un segmento de la población olvidado por las políticas públicas y segregado por sus propias comunidades. Pero es necesario tomar esta oportunidad conmemorativa no sólo para rechazar toda modalidad de maltrato material a la vejez, cosa indispensable, sino también para reflexionar sobre la deuda creciente que tienen nuestras sociedades para con este período de la vida. Porque el maltrato que reciben los ancianos es mucho más que puntual: es genérico. Y sus raíces provienen de otro lado. El despojo económico y social al que se ven sometidos probablemente proviene de una corriente mucho más profunda, que es el despojo radical de su valor simbólico y social.

Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION
Domingo 19 de junio de 2011

El anciano contemporáneo sufre la vejez como una zona de desprestigio, cosa que no se daba entre otros pueblos y en otras civilizaciones, en las cuales este período de la vida se identificaba con la autoridad y con la sabiduría. Lo curioso es que, mediante su desvalorización, nuestra civilización autocondena una parte cada vez más amplia de su propia vida. Efectivamente, nuestras sociedades tratan a la vejez como una zona residual, con la que no saben qué hacer, al estilo de los residuos tóxicos o nucleares. Es coherente, porque la vejez es también comprendida simbólicamente como un desecho de la producción. Nuestras sociedades contemporáneas han entronizado a la producción como valor primario de la vida, y ello genera, como consecuencia, un disvalor profundo para quienes se encuentran al margen de ella. Los ancianos ya no son respetados ni apreciados por aquella autoridad, y su presencia es percibida como una carga económica y mental para quienes permanecen activos.

Esto representa una novedosa forma de crueldad para con una de las etapas de la vida a la que todos, en el mejor de los casos, llegaremos. La vejez es una colonización reciente de sociedades que no saben qué hacer con los años que han agregado biológicamente a sus vidas. Porque de lo que también hemos despojado a esa etapa de la vida, en el fondo, es de su significación social. Probablemente lo más grave de lo que ocurre con los ancianos no es sólo que se los prive de su derecho a recibir. Probablemente lo más grave es que, en razón de su no valoración, se los priva de su facultad de dar. En síntesis, la vejez se ha visto despojada de su función de intercambio social. Y a quien no se le permite dar -a la vez que recibir- se lo condena a una exclusión simbólica que es mucho más profunda que-y acaso sea la matriz de- todo otro maltrato y exclusión.

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