La vida empieza a los 70

En tono reflexivo o paródico, el cine refleja las nuevas posibilidades de disfrutar una sexualidad plena en la edad madura

Por Néstor Tirri
Para LA NACION
Viernes 29 de abril de 2011

Es cierto que Holy Water apunta a esa franja de público de cine que busca sólo un buen entretenimiento. Sin embargo, e involuntariamente, el film es síntoma indirecto de un fenómeno que va más allá del pasatiempo que propone. Hablamos de la comedia irlandesa que dirigió Tom Reeve, en la senda de Todo o nada : sin pretensiones pero con ingenio para plantear un asunto picante. El éxito internacional del producto está demostrando que su propuesta mueve ciertos resortes del imaginario colectivo. El quid de esa movilización: la eclosión de “respuestas erectivas”, en un nivel impensadamente masivo, producida por un célebre fármaco.
Holy Water (“Agua bendita”) transcurre en un pueblo declinante, Kilcoulin’s Leap, otrora próspera ciudad balnearia y ex centro de peregrinación por la existencia de un pozo de agua “santa”, custodiado por una Virgencita. Pero ahora es un remoto reducto en el oeste de Irlanda, con una población de viejos; los escasos acontecimientos destacables son funerales y alguna boda.
Hay cuatro jóvenes que tratan de animar las veladas de los sábados de los provectos con su banda de música. Para salir de la abulia traman un atraco, no a un banco sino al camión del laboratorio que fabrica y distribuye el codiciado Viagra. “Hay algo de real en esto -advierte el realizador Tom Reeve-, porque para la fabricación de este producto, en el marco de la globalización, el laboratorio Pfizer, que tiene sucursales por todas partes, eligió esa zona de Irlanda.”
La idea del cuarteto de delirantes es astuta: el camión transporta el equivalente de 63 millones de dólares en envases del fármaco, carga que, luego de ser secuestrada, debería ser comercializada ilegalmente en Holanda, uno de los pocos países en los que el Viagra se expende sin receta. Pero se equivocan al elegir el otrora milagroso pozo que abastece de agua a la ciudad como escondite del botín, un cargamento de cientos de miles de pastillas azules obtenidas en el atraco. Y ocurre lo inevitable: el Viagra llega, disuelto en el agua potable, a los hogares del poblado.
¿Sacrilegio o resurrección?
La invención del argumento es de otro irlandés, Michael O’Mahony, quien no ha declarado la fuente de inspiración de esta idea que, si bien aparece implementada con fantasías del presente, no es original. La crítica vinculó el film con el exitoso antecedente de la comedia Todo o nada , en la que también se asistía al desesperado recurso de otros desocupados quienes, en procura de una fuente de ingresos, encuentran una redituable “ocupación” convirtiéndose en strippers . La inevitable asociación con la famosa comedia de Peter Cattaneo atiende a la procedencia y, además, a la búsqueda de salidas laborales por vías transgresoras.
Sin embargo, un siglo atrás, hubo un relato francés que está ligado a otro aspecto de Holy Water , acaso más esencial en la trama: el intento de soluciones mágicas con un arrebato de irresponsabilidad. Porque cuando los ladrones están escondiendo el botín en el pozo sagrado, uno de ellos repara en la inocente mirada de la Virgencita y advierte: “¡Esto es un sacrilegio!”. Precisamente “El sacrilegio” es el título de un cuento de Guillaume Apollinaire incluido en la compilación El heresiarca y Cía. (hay una edición castellana del Centro Editor de América Latina, de 1982), que narra una insensata iniciativa del padre Serafín, cuyas consecuencias se asemejan a las de la comedia irlandesa.
El cura en cuestión es un franciscano francés a quien lo desvela una inquietud: si todos los hombres se nutriesen de la eucaristía, se acabaría la impiedad en la Tierra. Una madrugada, caminando por calles solitarias, se topa con los respiraderos de las panaderías y consagra hornadas enteras de pan: “Éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre”, pronuncia, convencido de haber contribuido a la comunión de los miles de virtuales compradores de ese pan consagrado. Pero más tarde, almorzando con un obispo que ese día no se ha confesado, cae en la cuenta de su descuido fatal: “¿Cuántos hombres, muchos de los cuales estaban en pecado mortal, han ingerido el cuerpo de nuestro Señor?”
El sacrilegio en el que incurren los ladrones de Holy Water no difiere del que cometió el irresponsable franciscano de Apollinaire. El sesgo sacrílego que subyace al argumento del film de Reeve es fuerte, pero fuera del ámbito de un país especialmente católico como Irlanda el rasgo no es relevante: el público masivo presta más atención a las chispeantes implicancias del consumo de Viagra. Poco antes de Holy Water , otra comedia, también en el ámbito británico, incluía otra referencia irónica al fármaco: en Conocerás al hombre de tus sueños , de Woody Allen, Alfie, el maduro gentleman corporizado por Anthony Hopkins, abandona a su esposa Helena y, lanzado a un reciclaje juvenil con footing y gimnasio, sale con Charmaine, una call girl mucho más joven que él. En una escena con ella que conduce al sexo, Alfie pide tiempo (“unos diez minutitos más”), a la espera -se deduce- de que la pastillita azul produzca su efecto.
Detrás de la escena que representa la incómoda situación destella la sonrisa burlona de Allen. Pero, casualmente encarnado por el mismo Hopkins, había un antecedente más serio y reflexivo, el intransigente Coleman Silk, personaje central de una novela de Philip Roth, adaptada al cine: The Human Stain ( La mancha humana , 2003), de Robert Benton. En 1995, Coleman, profesor cercano a los setenta años que ha enviudado y que ahora frecuenta a una muchacha de misterioso pasado, Faunia (¡Nicole Kidman!), confía sus vivencias al narrador que transmitirá esta historia, Nathan Zuckerman, álter ego de Philip Roth. Zuckerman escucha la exitosa performance del veterano profesor con su juvenil partenaire no sin asombro; Coleman, con su autoridad intelectual (un impecable monólogo de Hopkins), reflexiona:
Cuando algo así llega tardíamente en la vida, inesperado y no deseado, vuelve con una fuerza increíble. Y ella, que tiene 34 años, se inflama. ¿Has oído hablar del Viagra? Sin el Viagra hubiera podido continuar hasta mis años de ocaso, llegar a conclusiones filosóficas profundas, influir en estudiantes? Sin el Viagra no estaría comprometido en algo que es mal visto?
Después de amargas experiencias previas, el súbito renacimiento del erotismo en este viudo obedece, según él, al famoso fármaco. La civilización del nuevo siglo depara expectativas de un futuro extendido y de una calidad de vida (categoría vidriosa, según se la conciba) que incluye la vigencia del sexo en etapas avanzadas. Hoy en día -sentencia la antropología- la edad madura mantiene resabios marcados de las edades precedentes: emociones, aspiraciones, voluntad de producción y, también, el deseo erótico, a los cuales el individuo no está dispuesto a renunciar. Y esto da lugar a relaciones interpersonales y estados mentales hasta ahora nunca experimentados.
En ese “estado alterado” se mueven los dos personajes de Hopkins. Criaturas, ambas, que han llegado a una edad hasta hace poco condenada al retiro. Hoy, si los cálculos son justos, vivimos en la antesala de una era que deparará, como promedio, unos 120 años de vida. En ese plan, a los 70 años se estará atravesando por una etapa de la existencia avanzada o madura, sí, pero no declinante, en la que el sexo podría seguir siendo una “actividad” regular.
Ese filón, sutilmente implícito en Holy Water , confiere a la comedia el toque de una alegoría del despertar: por un accidente (casi como el de Chernobyl, pero al revés), los provectos resignados a la abulia del pueblo irlandés ingieren el sorpresivo elixir en el que se ha transformado el agua y comienzan a rescatar una vitalidad ya olvidada.
La tecnología y la farmacopea, pues, están jugando un rol importante en ese plan; ya hay reflexiones acerca de cómo se ha modificado el par de opuestos “deterioro físico natural versus auxiliares externos”: “El hombre, gracias al poder de las técnicas de que dispone -sostiene el historiador Aldo Schiavone-, está tomando el control de su forma biológica. Aquello que hasta hoy fue un presupuesto inmutable de la historia humana (su base ?natural’) se está transformando en un resultado de nuestras acciones y de nuestras elecciones. Biológicamente seremos, cada vez más, ‘como queremos ser’: nuestra prehistoria está llegando a su fin”.
¿PUBLICIDAD GRATUITA?
Si bien fantasiosa, la trama de Holy Water incluye datos de una cotidianidad tangible. Camiones de Pfizer como el que aparece en el film circulan con regularidad por esos parajes. Hay que destacar esto porque se podría haber aludido genéricamente a la droga básica que produce el efecto estimulador del fármaco, esto es, el sildenafil, pero no: es la marca comercial Viagra, con todas las letras.
En Holy Water , pues, lo que roba el cuarteto no es un cargamento de un sildenafil cualquiera sino -camión incluido- el producto del poderoso laboratorio. Ante la sospecha de publicidad encubierta, Pfizer salió al paso y aclaró que nada tenía que ver con el film. Eso sí, con indisimulable ironía, agradeció a los productores la promoción indirecta de su exitoso fármaco.

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