El síndrome de Rigoberto

Si un hombre equilibrado sufre cuando se siente inferior a su mujer, qué puede llegar a ser de aquel acostumbrado a disponer sobre sí y su entorno.

por Arnaldo Pérez Wat.
07/03/2011
La Voz del Interior

En un artículo publicado en el diario Clarín , el 13 de febrero último, titulado “¿Mujeres superpoderosas?”, sobre las esposas que ganan más dinero que sus maridos, se ha investigado que ese desfase ocasiona desequilibrios en las parejas, y que en tales situaciones emocionales se esfuma el romance y puede llegarse a la violencia.
Una señora gerenta de banco, con el esposo remisero, explica que las diferencias económicas no aplacaron el amor. En otro caso, una médica clínica de 46 años, divorciada hace tiempo, mantiene en casa dos hijas que van a la universidad. Nunca le cumplieron con la cuota alimentaria, así que tuvo que arremangarse para llegar a esa posición. “Ahora no quiero mantener a nadie”, dice, de modo que no desea convivencia.
Su pareja actual vende ropa: sus ingresos son un tercio de los de ella. “Yo tengo auto y él anda en colectivo”, añade, tras lo cual aclara que el tema del dinero es un acto cotidiano, pero no conflictivo. Cuando salen en auto, pagan a medias. La diferencia, en este caso, no mata el amor, aunque limita algunos viajes.
Un refrán reza: “Pobre con rica casado, antes que marido, es empleado”. Aquí, el varón se siente un Rigoberto, o sea, un gobernado. Sin embargo, nos parece adecuada la conclusión del columnista sobre el hecho de que la mujer obtenga mayores ingresos no tiene por qué suponer mayor poder para ella sobre el vínculo; y la recomendación a los jóvenes: que discutan antes y acuerden sobre los gastos.
La vejez. Podría añadirse otro capítulo: cuando se llega a la vejez y se desbalancea el presupuesto, ya no es la doctora Judith R., que se mató trabajando y ahora se encuentra con un vago, sino que el hombre también había trabajado como un enano.
En Córdoba, como en todo el país, se dio el caso de jefes y directores, jubilados nacionales, con altos cargos en el Correo, Obras Sanitarias, Gas del Estado, Vialidad. Por lo común, eran el sustento del hogar. Las esposas se ocupaban de los quehaceres o bien algunas trabajaron en una oficina provincial o municipal contribuyendo al presupuesto. Al jubilarse, digamos en 1993, la cónyuge se retiró con 500 pesos y él con casi el triple. Pero pasaron los años y hoy ella gana siete mil y él 2.500 líquidos. La esposa, con sexto grado, trabajando 35 años de lunes a viernes de 8 a 14. Él, como muchos de esos directivos, se jubilaron con 40 ó 45 años de servicio, en horarios discontinuos de ocho y más horas, y también en días sábados, porque se sentían, no accionistas, pero sí orgullosos y responsables de la empresa a su cargo. Un ejemplo de ética profesional.
En concreto, desde 1993 o 1995 a la fecha, un camionero o un empleado municipal puede haber recibido 1.300 o 1.400 por ciento de aumento en sus haberes. Un retirado de la Nación, 220 o 250 por ciento. ¿Sentirá éste el síndrome del excluido o del asaltado?
Si un hombre equilibrado sufre cuando se siente inferior a su mujer, qué puede llegar a ser de aquél acostumbrado a disponer sobre sí mismo y sobre su entorno. Tendrá que ir al diván del psicólogo y explicar: “Aquí estoy, no me dejan ser lo que soy y no depende de mí intentar evitarlo”.
Dios ilumine a nuestra Presidenta para que piense que, si bien el problema es heredado, le compete en parte.
Son pocos los que quedan masticando la injusticia de casi 20 años; son pocos votos, pero también pocos pesos. Podría dar un ejemplo y demostrar que no todo en el país es como proclama el tango Cambalache : “Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros…”.

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