Sobran los viejos

Las reformas sobre el tratamiento de los cuidados paliativos y el debate sobre la dignidad ante la muerte enmascaran la ausencia de otra reflexión necesaria, y que debía ser previa a la toma de posturas. ¿Qué es hoy la vejez? ¿qué valor o disvalor le otorgamos?

Norberto Bobbio, en su libro De senectute, escrito a los ochenta y cinco años, se quejaba de la “gaya ciencia” de la geriatría, que, en su afán voluntarista por mejorar las condiciones de la ancianidad ocultaba los achaques propios y naturales. Existe un imperativo “juvenista” que acaba culpabilizando a quienes, entrados en la tercera o la cuarta edad, no desean comportarse como jóvenes. Todos tienen, tenemos, el derecho a nuestra propia edad menos los viejos. Ellos han de actuar como si la edad no existiera, activos vital y sexualmente, animosos, viajeros… Y si no se comportan así, son considerados como enfermos a los que se les atiborra farmacológicamente. Los viejos no tienen derecho a ser viejos porque en esta sociedad, digámoslo claramente, los viejos sobran. Y no me estoy refiriendo a que se deba admitir la decrepitud, sino a que no existe un modelo valorado de la vejez, -huimos hasta de dicha palabra-, una imagen serena, sabia, en la que poder reconocerse, con sus limitaciones pero con su riqueza, sin estar impelidos a negarse, a remedar la caricatura del joven. Porque la juventud tampoco es algo meramente natural, sino un modelo normativo socialmente producido. Ser joven es ser atractivo, atlético, eróticamente insaciable, laboralmente competitivo, dinámico hasta la extenuación. Y si cuando tenemos pocos años apenas podemos cumplimentar con soltura y sin stress este arquetipo, qué decir cuando los michelines, la presbicia, y las arrugas empiezan a hacer su aparición. Botox, cirugías varias, viagras… se ofrecen como panaceas, cuando el sano tedio que producen esos figurines del photoshop debería contrarrestarse con la añosa lucidez de quien ha aprendido a no ser un muñeco manipulable. Ser joven es un coñazo, – y ser viejo una putada- de acuerdo. Pero hemos perdido el estatuto en el que la ancianidad era un grado. Cuando las personas mayores no quieren comportarse como jovenzuelos no están enfermos, quizás sólo son sensatos.

En las sociedades tradicionales –se ha repetido hasta la saciedad-, el saber del anciano era necesario para la supervivencia del grupo, para el mantenimiento de la memoria cultural; el cuidado debido a los mayores era el nexo ético de la familia por el cual los hijos devolvían a los padres las atenciones que habían recibido en la infancia. Hoy lo que necesita una sociedad parece estar en el aprendizaje siempre constante de lo nuevo. Sin embargo, en ese creer que lo antiguo resulta obsoleto corremos el peligro de echar por tierra las raíces y la historia de la que venimos.
A los mayores se les sigue considerando, al menos como consumidores, cuando se trata de planes de pensiones, viajes, tratamientos rejuvenecedores…; después se les trata como un colectivo “infantilizado” al que hay que distraer con actividades lúdicas, culturales…, y, por último, cuando su deterioro es evidente, empezamos a pensar que lo mejor sería un final sin sufrimiento. Ya no se puede ocultar por más tiempo que no van a poder cumplimentar ni siquiera aparentemente ese patrón de juvenismo, y como éste el único modelo que la sociedad entiende como deseable, consideramos que la vida, su vida, nuestra vida también, no tiene ya sentido. La muerte digna es un derecho, pero también lo es una vejez digna y valorada, no sujeta a las modas impuestas por todos aquellos imbéciles para los que la vida es un continuo episodio de Gran Hermano.

Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/rosa-maria-rodriguez-magda.php
Publicado por Mayores en Movimiento